La política del Tero



Por Javier Adorno

Existe una máxima popular nacida en el campo argentino para explicar el arte del despiste: el tero pega el grito en un lado para ocultar en qué matorral puso realmente los huevos. En la Argentina del "no hay plata", Javier Milei convirtió esa táctica zoológica en una de sus principales doctrinas de Estado. Mientras el Poder Ejecutivo aturde a la tribuna con cruzadas ideológicas y adjetivos de alto calibre, la gestión real se cocina lejos del ruido.

El mecanismo es tan quirúrgico como recurrente. Frente a la caída del consumo, el desplome de la actividad o los reclamos por el poder adquisitivo, la respuesta no es un dato de la economía real, sino un contraataque cultural. Se prende la cámara y arranca el show de los fuegos artificiales: acusar a la oposición de "ratas del Congreso", calificar a los críticos como "ensobrados" o tildar de "periodistas que no odian lo suficiente" a todo aquel que ose cuestionar el rumbo. El tero pega el alarido en las redes para que nadie mire la economía.

En esa misma matriz encaja la narrativa de la "campaña antiargentina". Fiel a la lógica de que la culpa de las inconsistencias internas siempre la tiene un enemigo externo, el Presidente transforma la advertencia de un organismo o la tapa de un diario internacional en un complot coordinado. "Es una catarata de mentiras, calumnias e injurias", repite el libreto libertario cuando las variables no cierran. Convertir la crítica objetiva o el análisis financiero en un atentado contra la Patria permite no solo abroquelar a la tropa propia bajo la consigna de "las fuerzas del cielo", sino enmarcar cualquier disenso como un acto de traición.

El problema surge cuando la diplomacia se estrella contra la retórica de campaña constante. Ocurrió recientemente en Brasil: lejos del pragmatismo que exige el comercio bilateral con nuestro mayor socio comercial, el Presidente prefirió agitar en suelo vecino el "riesgo Lula", calificar al gobierno brasileño como "basura socialista" y pedir la intervención de la oposición local para "parar a los zurdos que juegan sucio". A esto se sumaron los descalificativos personales contra el mandatario brasilero, a quien llegó a tildar de "presidiario" y "ladrón". Tras el temblor en las relaciones internacionales y el desconcierto del sector exportador, la receta fue la de siempre: subir el volumen de otra polémica para archivar el tropezón institucional bajo la alfombra de la coyuntura.

Pero el acto de ilusionismo más sofisticado se dio en el frente agrario. Acosado por el reclamo histórico del campo que exige sacarle el pie de encima a la producción, el Ejecutivo lanzó una promesa a pedir de boca: la quita progresiva de retenciones, aunque con una letra chica insólita: "hasta el año 2028, si nosotros reelegimos".

La jugada es genial por lo perversa. Por un lado, busca apaciguar al sector agropecuario diciéndole que "ya estamos en camino de liberarlos por completo", sin ceder hoy un solo dólar de recaudación fiscal. Por el otro, encierra una trampa discursiva: dar por sentada la reelección en 2027 como una condición natural para cumplir lo prometido. Un anzuelo a cuatro años vista para obligar al círculo rojo a militar su continuidad.

Entre acusaciones de "conspiración colectiva", agresiones a la prensa y un futuro promisorio que requiere reelección previa, el Gobierno sigue gritando fuerte en la banquina. La incógnita que sobrevuela a la política argentina es cuánto tiempo más durará la magia del grito antes de que los productores, los trabajadores y la clase media decidan ir a revisar qué había dentro del nido.

Comentarios