José Milcíades Giménez: “El problema de uno debe ser el problema de todos”



Por José Milcíades Giménez


El país atraviesa una situación muy crítica. Desde mi lugar como trabajador, marino y representante del movimiento obrero, siento la responsabilidad de decir con claridad que no podemos permanecer en silencio frente a un avance que pone en riesgo derechos conquistados durante años de lucha.


Lo que hoy se presenta como reforma laboral, a mi entender, no busca mejorar las condiciones de los trabajadores. Por el contrario, pretende debilitar al movimiento obrero y dejar a cada trabajador solo frente al poder económico, obligado a aceptar lo que le impongan por necesidad.


Una reforma de esta magnitud no puede discutirse sin la participación de quienes representan al trabajo. Debe haber diálogo, equilibrio y consenso. Cuando se intenta avanzar sin escuchar al movimiento obrero, se rompe una parte esencial de la democracia social.


El trabajo es lo que engrandece a la patria. Por eso debemos defender el principio de igual remuneración por igual tarea y garantizar que cada persona reciba un salario justo por lo que produce. Atacar a las organizaciones gremiales, a las obras sociales, a los jubilados y a la justicia social es atacar la dignidad del pueblo argentino.


La unidad como respuesta

Frente a este escenario, estoy convencido de que la salida es la unidad. No una unidad de palabra, sino una unidad real, concreta y solidaria. El problema de uno tiene que ser el problema de todos. Solo así podremos recuperar el protagonismo del movimiento obrero en Misiones, Corrientes, Chaco, Formosa, Entre Ríos y en cada rincón del país.


La discusión salarial muestra con crudeza el momento que vivimos. El salario mínimo, vital y móvil no puede convertirse en una cifra simbólica ni quedar por debajo de las necesidades reales de una familia. La inflación puede servir como referencia estadística, pero no alcanza para llenar la mesa, cuidar la salud, sostener la educación ni proteger a nuestros jubilados.


Mientras tanto, cierran fábricas, sufren las pymes y miles de trabajadores quedan en la calle. Esa realidad no es un número: son familias que pierden ingresos, chicos que ven afectada su educación, jubilados que no llegan a cubrir sus necesidades y comunidades enteras que se debilitan.


Federalismo, producción y soberanía

También debemos defender nuestra soberanía. La marina mercante, las tierras, los ríos, el mar, el petróleo, el gas, los frutos del mar y todos nuestros recursos naturales deben estar al servicio del pueblo argentino. No podemos permitir que se baje el pabellón nacional ni que intereses extranjeros ocupen espacios estratégicos que pertenecen a la Nación.


Misiones, como cada provincia, tiene una realidad propia. Nuestros productores yerbateros, tealeros, cañeros, trabajadores y comunidades deben ser protagonistas de las decisiones que afectan su vida cotidiana. No se puede gobernar el país desde una sola mirada, desconociendo las necesidades y particularidades de cada territorio.


El federalismo no puede quedar solo en los discursos. Las provincias deben tener voz, recursos y representación real en los espacios de decisión. Para transformar el país, el pueblo tiene que estar sentado en el poder: los trabajadores, los productores, las organizaciones sociales, las comunidades y todos los sectores que sostienen la vida diaria de la Argentina.


Justicia social y dignidad

La justicia social no se reduce al salario, aunque el salario sea fundamental. También implica trabajo digno, educación pública, salud, jubilaciones justas, producción nacional y soberanía sobre nuestros recursos. Si no hay trabajo, todo lo demás se debilita. Y si se limita el acceso a la educación, se condena al pueblo a desconocer sus derechos.


Por eso debemos organizarnos. Como decía el general Perón: “Trabajadores, organícense; la organización vence al tiempo”. Esa enseñanza sigue vigente. Tenemos que recuperar la organización, la solidaridad y el compromiso colectivo para defender lo que nos pertenece.


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