Misiones, el Péndulo y el Poder






"Los hombres necesitan un Amo porque tienen miedo de la verdad. O mejor dicho, tienen miedo de que la verdad no exista, de que todo sea un juego vacío. Por eso buscan un Secreto, un Plan, una fuerza oculta que dirija sus movimientos."

El péndulo de Foucault (1988), Umberto Eco


Por Javier Adorno


 En su célebre novela el escritor, semiólogo y gran crítico de la cultura de masas (de la cual irónicamente formaba parte) nos sumerge en una trama donde la obsesión por un orden oculto y una fuerza invisible termina dominando la realidad de quienes la crean. El péndulo, en la ficción, se convierte en el símbolo de un eje fijo e imperturbable alrededor del cual todo lo demás gira y se acomoda. Esta dinámica de un centro de gravedad magnético y absoluto no es ajena a la construcción política contemporánea.

En la provincia de Misiones, el escenario oficialista opera bajo una lógica similar, una estructura centralizada como ese eje del péndulo, regulando los movimientos, las lealtades y las tensiones de todo el arco político territorial. 

El movimiento del péndulo de Foucault (León, gran físico que demostró hace más de 200 años la rotación terrestre -para los amigos terraplanistas debe ser algo increíble-) es en realidad una ilusión ya que parece cambiar de dirección, pero en realidad es la Tierra la que se mueve debajo de él. 

En tanto para el otro  Foucault (Michel)  su famosa teoría del poder funciona casi igual al objeto colgante de su homónimo; es decir no es una estructura fija u objeto que alguien posee o con un centro único, sino una red de relaciones dinámicas, fuerzas e hilos invisibles que se desplazan constantemente por todo el tejido social. Como bien señalaba el filósofo francés, "el poder no se posee, se ejerce; no es una propiedad, es una estrategia".

Llevando esto a Misiones, la declaración de Carlos Rovira —al afirmar que no sería candidato a nada— funciona como ese péndulo. En la superficie, la renuncia simula un desprendimiento o un cambio drástico, sugiriendo una apertura para dar paso a nuevas generaciones. Sin embargo, dejar de figurar en el tablero directo permite replegarse a un rol de influencia (demostrando que el verdadero control no requiere de la presencia física en una boleta electoral o un cargo formal).

Ahí es donde entra la figura de Hugo Passalacqua en la gobernación, moviéndose con la incomodidad de quien gestiona el día a día bajo una sombra omnipresente que no necesita firmar decretos para mandar. Al mismo tiempo, en los municipios, los intendentes que buscan la reelección perpetua quedan atrapados en el mismo dilema (creen que retener el sello local es acumular poder, sin entender que solo son engranajes de una maquinaria mayor que los deja oscilar mientras sirvan para traccionar votos).

Esta mutación del poder genera un cortocircuito silencioso en los afiliados y simpatizantes del oficialismo. Acostumbrados durante décadas a un liderazgo unificado y vertical, la aparente ausencia de Rovira en las listas no produce alivio, sino un quiebre en la psicología del militante de base (las estructuras tradicionales se desorientan al no saber hacia dónde mirar para recibir la orden directa). La incertidumbre fractura la vieja obediencia ciega, dejando a las bases preguntándose si el péndulo realmente se está moviendo hacia algo nuevo o si la Tierra, debajo de ellos, sigue girando exactamente bajo el mismo control invisible de siempre.

 Esta lógica de abstracción  del poder encuentra su máxima expresión en la dicotomía aparente entre  la Renovación y la emergencia de Encuentro Misionero. En la superficie, el escenario político se presenta como una disputa de modelos, un quiebre en la hegemonía renovadora donde un sector propone una alternativa de centroderecha liberal. Sin embargo, al aplicar la lupa de Eco y Foucault, la dicotomía se revela como una simulación perfecta, no es una fuerza que viene a detener el péndulo, sino el contrapeso exacto que necesita para seguir oscilando.
Es que (como sabemos), el verdadero poder no se destruye ni se vacía; simplemente adopta nuevas formas de circulación, mutando de un liderazgo visible a una sutil red de conducción estratégica donde el territorio se sigue resguardando, confirmando la máxima foucaultiana de que el poder es, ante todo, una estrategia en constante movimiento.Al final, como en el cierre de la novela de Eco, cuando el ruido de las conspiraciones y los planes ocultos se disipa, solo queda el territorio desnudo esperando que alguien lo mire sin el filtro de la paranoia política. Ante la maquinaria que todo lo calcula, queda el refugio de la realidad misma. 'Pero tanto vale escribirlo. Al fin y al cabo, es tan bonita.'"

Comentarios