Qué Desencuentro!




"

"Creíste en la honradez y la moral, ¡qué estupidez!"

Desencuentro (Cátulo Castillo - Aníbal Troilo)

Por Javier Adorno

El escenario político de Misiones suele ser un teatro de expectativas altas que terminan chocando de frente con la realidad más pragmática (esa que no entiende de romanticismos ideológicos ni de lealtades eternas). Cuando nació Encuentro Misionero (hace unas cuantas semanas atrás) se encendieron algunas alarmas y también se alimentaron ciertas esperanzas en sectores que buscaban una liana de la cual colgarse por fuera de las estructuras tradicionales. Sin embargo (y acá es donde la música ciudadana se convierte en el mejor analista político de la jornada) el voluntarismo inicial suele durar lo que un suspiro en una provincia donde el poder real se teje con hilos mucho más gruesos y subterráneos.

La frase de Cátulo Castillo retumba con una vigencia espeluznante cuando se mira el derrotero de los espacios que intentan pararse en el pedestal de la ética pura. Un cachetazo de realidad que (no por cínico) deja de ser certero en este barro del nordeste. La política local no suele perdonar la ingenuidad de quienes confunden las buenas intenciones con la acumulación efectiva de poder. Encuentro Misionero pretendía ser un espacio de confluencia (una suerte de refugio para los desencantados) pero terminó atrapado en las mismas lógicas de fragmentación y aislamiento que pretendía combatir.

Para colmo de males (en este juego de espejos y desamores) la crudeza del poder se encargó de limar cualquier intento de ligazón afectiva o política de peso. La advertencia cantada por Goyeneche —"no te fíes ni de tu hermano, se te cuelgan de la cruz"— cobra una fuerza brutal cuando el propio jefe de gabinete sale a marcar la cancha de manera tajante, dejando en claro que Hugo Passalacqua no forma parte de Encuentro Misionero. Esa desmentida oficial funciona como una frontera infranqueable (un recordatorio explícito de quiénes manejan la lapicera y el árbol genealógico del poder real en Misiones). En el oficialismo provincial no hay margen para las confusiones ni para que nadie se cuelgue de los laureles ajenos (mucho menos usando nombres de peso para armar quintas propias que pretendan jugar por afuera del diseño original).

"Estás desorientado y no sabés qué trole hay que tomar para seguir... y en este desencuentro con la fe querés cruzar el mar y no podés". El inicio del poema tanguero es desolador y se ajusta al sentimiento de orfandad que quedó en las filas del oficialismo tras semejante baño de realidad. Es la descripción perfecta de una militancia o de una dirigencia que de golpe se descubrió sola, sin el cobijo del aparato provincial y sin la estructura para aguantar los trapos.

En Misiones (donde la centralidad del poder es casi absoluta y todo lo que brilla suele tener la bendición del conductor de la renovación) quedar a la intemperie es un boleto directo a la irrelevancia política. El desencuentro no es solo con los ideales originales; es fundamentalmente con el timing y con la lectura de un tablero que hace rato dejó de premiar a los que juegan con el manual de la nostalgia o de la moralidad abstracta.

Ahora bien (en este conventillo político donde los enemigos de la mañana son los aliados de la tarde) ningún portazo es para siempre y las distancias suelen ser una puesta en escena temporaria. Dejar afuera a Passalacqua hoy bien podría ser una maniobra de preservación mutua para volver a tejer los hilos de la unidad cuando las urnas lo exijan (anudando un clásico abrazo de reconciliación en el último minuto de la noche).

Pero también cabe la sospecha más fina (esa duda flotante) de que todo este desencuentro fue fríamente pensado de antemano desde el laboratorio del poder central. Tal vez no estemos ante un fracaso genuino sino ante una coreografía perfecta (un juego de roles diseñado para contener por carriles separados a los distintos sectores y así cotizar más alto la necesidad mutua cuando llegue el momento de barajar y dar de nuevo). Salvo (por supuesto) que la tregua no llegue a tiempo y el abismo sea real.

Si la sentencia final del tango se impone y no queda margen para las segundas oportunidades ni para los libretos de último momento, con el aparato bajando la persiana de manera irreversible, el destino se vuelve inexorable. Si es que no se logra encajar en la gran estrategia oficial, el panorama quedará sellado bajo esa cruda máxima popular: la certeza de que cuando el desencuentro en el centro de poder es total, ya ni siquiera queda el consuelo de una última bala. Porque con el gran bandoneón de Pichuco como fondo, ni el tiro del final te va a salir.




Comentarios