Por Javier Adorno
"La frontera de la semiósfera es el dominio de los procesos de traducción (...). Todo lo que se encuentra fuera de ella es considerado 'no-texto' o 'antitexto', carente de sentido." — Iuri Lotman, La Semiosfera I.
Hace poco nos deteníamos en estas mismas páginas a pensar cómo los nombres y los sobrenombres tejen la trama invisible de la identidad misionera (cómo el acto de nombrar es, en definitiva, fundar un sentido de pertenencia). Aquel análisis (Sobre nombres, sobrenombres y otros sentidos) nos invitaba a reflexionar sobre la matriz semiótica de nuestra región. Hoy, la dinámica del poder provincial nos obliga a mudar el microscopio del folclore al laboratorio de la alta política, allí donde la premisa del semiólogo soviético Lotman se vuelve carne y barro. Es que el reciente desplazamiento del histórico sello "Frente Renovador de la Concordia" para dar nacimiento a "Encuentro Misionero" no es un mero capricho de cartelería electoral o refresco de marca. Es un drástico movimiento de fronteras dentro de la semiósfera del poder local, un intento de reescribir el diccionario oficial en un tiempo donde los vientos nacionales obligan a recalcular el rumbo.
En el diseño político que Carlos Rovira edificó pacientemente, la frontera es sagrada. Dentro de ese límite, el "Conductor" traduce la realidad, asigna los nombres, reparte los roles y valida las identidades. Fuera de esa frontera no hay intemperie (hay inexistencia). Convertirse en lo que Lotman llamaría un "no-texto" es el destino de aquellos que, habiendo habitado el olimpo del espacio, osaron disputar el sentido o la velocidad de la conducción vertical.
La historia de la antropología política misionera está plagada de estos exilios semióticos. El espejo más nítido y doloroso para la memoria oficial sigue siendo el de Pablo Tschirsch en 2007. Siendo el vicegobernador y el heredero natural tras el sismo institucional de la Constituyente de 2006, Tschirsch creyó que su nombre propio pesaba más que el sello protector. Cruzó la frontera, intentó armar un texto alternativo por afuera y la maquinaria de la Renovación lo deglutió políticamente hasta confinarlo al llano. Lo mismo experimentó Alex Ziegler en 2015 (un delfín de gestión impecable que, al no ser el "elegido" por el dedo conductor para la gobernación, buscó validación en las marcas nacionales del macrismo). El resultado fue idéntico (desbautizado por el oficialismo, su capital político se licuó en la periferia del no-sentido). A esa lista de desterrados se suma, de manera temprana, la figura de Esteban Lozina (quien desde la presidencia de la Cámara de Diputados intentó encarnar una línea de pensamiento interno autónoma y terminó eyectado del esquema de poder general).
Sin embargo, para entender la naturaleza de este ecosistema político es necesario activar la memoria y observar el origen como un bucle que siempre amenaza con repetirse. La escudería gobernante nació en junio de 2003 precisamente de una ruptura originaria, cuando el propio Carlos Rovira decidió cortar el cordón umbilical político con quien lo había llevado a la gobernación (Ramón Puerta). En aquel bautismo de fuego, Rovira no lo hizo en la soledad del laboratorio, sino que se valió del apoyo territorial de los intendentes (una liga de alcaldes que funcionó como el motor de tracción para independizar el proyecto provincial del viejo PJ tradicional).
Desde aquella mismísima fundación (de la que acaban de cumplirse 23 años hace tan solo unos días) el espacio navega y convive con los eternos rumores de ruptura. Las usinas opositoras y los analistas de café han diagnosticado el fin del ciclo frente a cada recambio de nombres, pero el dispositivo ha demostrado una notable capacidad de resiliencia frente a sus propias tormentas.
Hoy, los murmullos de pasillo y las tensiones subterráneas vuelven a encender las alarmas de la frontera, pero esta vez el roce roza la cúspide del doble comando (la relación entre Carlos Rovira y el gobernador Hugo Passalacqua). En su segundo mandato, Passalacqua enfrenta el dilema de administrar una provincia con las "vacas sagradas" doctrinarias en plena revisión —un viraje pragmático hacia el endeudamiento externo que analizamos recientemente [La verde y amarga realidad: Del mundial, Adorni y las "vacas sagradas" de Misiones]— mientras debe mantener la sintonía fina con el estratega del Parque Paraguayo.
El nacimiento de Encuentro Misionero plantea entonces la pregunta de fondo (¿Es este nuevo nombre un espacio de confluencia para proteger al actual mandatario de los desgastes de la gestión, o es el preludio de una nueva reconfiguración del centro que deje a más de un dirigente en el lado equivocado de la aduana política?). En la semiósfera rovirista, como en la lingüística, el que pierde el derecho al nombre, lo pierde todo y solo quedaría como alternativa conformar una posibilidad nueva aunque todo esto haga recordar en este final de la Renovaciòn a sus inicios.
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