"El mundo en el que vivimos no se construyó solo sobre la promesa del libre mercado, sino sobre la eliminación sistemática de quienes imaginaron un camino diferente." —
The Jakarta Method, Vincent Bevins (2020).
Por Javier Adorno
En su aclamado libro El Método Yakarta (2020), el periodista Vincent Bevins documenta cómo el exterminio sistemático de casi un millón de comunistas y sindicalistas en Indonesia durante 1965 no fue un hecho aislado, sino la prueba piloto de un manual geopolítico. Patrocinado por la CIA y la Doctrina de Seguridad Nacional, el "Método Yakarta" se exportó globalmente para borrar del mapa a los movimientos populares del Tercer Mundo e imponer un modelo socioeconómico alineado a los grandes centros de poder sin resistencia social.
En América Latina, la consigna "Yakarta viene" pintada en los muros de Santiago de Chile antes del golpe de 1973 anticipó el horror. En Argentina, esa maniobra de control adoptó un rostro particular enfocado en la proscripción, persecución y posterior intento de aniquilamiento del peronismo y del sujeto popular. Ante la irrupción de La Libertad Avanza y el recrudecimiento de la estigmatización de la identidad nacional, cabe preguntarse hasta qué punto la "batalla cultural" del presente no es más que la continuación por vías democráticas de aquella misma estrategia histórica.
Aunque el peronismo nunca fue un partido comunista y acuñó la "Tercera Posición", para los intereses geopolíticos de Washington y las élites locales representaba exactamente la misma amenaza que el PKI en Indonesia: un movimiento de masas, fuertemente sindicalizado, con vocación redistributiva y capacidad de cuestionar la hegemonía extranjera. El primer ensayo de desmantelamiento ocurrió en 1955 con el derrocamiento de Juan Domingo Perón y la posterior proscripción de la marcha, los símbolos y la participación política. Sin embargo, al constatar que la vía civil no alcanzaba para disciplinar a la clase trabajadora, la dictadura militar de 1976 elevó la violencia al grado de terrorismo de Estado. Los datos de la CONADEP señalan que la mayoría de los 30.000 desaparecidos fueron delegados de fábrica, obreros y militantes de base, lo que confirma que el objetivo no era únicamente derrotar a las organizaciones armadas, sino desarticular la espina dorsal del peronismo para implantar, de la mano de José Alfredo Martínez de Hoz, el primer experimento neoliberal en el país.
El "Método Yakarta" no solo buscaba la eliminación física del opositor; necesitaba además su deshumanización previa. En Argentina, esta deshumanización se articuló históricamente mediante el solapamiento entre la clase y la raza, etiquetando peyorativamente como "cabecitas negras" o "negros" al sujeto popular mestizo e industrial. Hoy, esa violencia verbal muta en etiquetas como "marrones" o "viejos meados", con la diferencia de que en la fase contemporánea de esta batalla, la estigmatización no se limita solo al militante de izquierda o al peronista, sino que se ha extendido hacia la idiosincrasia argentina en su totalidad.
Se promueve una pedagogía del autoodio a través de la constante prédica de que "somos un país de mierda", de que las costumbres o la cultura popular son intrínsecamente defectuosas o "de simios", y de que el éxito solo se logra imitando de forma acrítica los modelos anglosajones o europeos. Esta operación psicológica resulta imprescindible, ya que para que un pueblo acepte el remate de sus bienes comunes, la entrega de sus recursos naturales y la destrucción de su patrimonio, primero hay que convencerlo de que su cultura no vale nada. El odio hacia lo propio y la deslegitimación de la matriz cultural argentina convierten la entrega de soberanía en un acto de "salvación".
Con la llegada al poder de La Libertad Avanza y la figura de Javier Milei, la demonización del peronismo y de la cultura colectiva alcanza un nuevo nivel. Las herramientas han cambiado y lo que en los años setenta se ejecutó mediante centros clandestinos de detención, hoy se despliega a través del consenso electoral y la hegemonía digital. El enemigo político ya no es un rival democrático, sino un "cáncer", un "socialismo empobrecedor" o una "aberración moral" a extirpar. Se desmantelan las instituciones científicas, culturales y educativas bajo la premisa de que todo lo producido por el Estado es corrupto o ineficiente, naturalizando la idea de que la solución siempre viene de afuera y profundizando el desprecio por la idiosincrasia propia. Por eso, las políticas de desregulación masiva y privatización comparten la misma meta de 1976: desmantelar el Estado social, erosionar el poder de los sindicatos y reorganizar el país al servicio del capital transnacional.
The Jakarta Method demuestra que las grandes transformaciones del capitalismo global en el Tercer Mundo se construyeron destruyendo la capacidad de organización de los pueblos. En la Argentina del siglo XXI, la estrategia ya no requiere tanques en las calles porque basta con sembrar el desprecio por la propia historia y la propia identidad. La gran victoria del proyecto dominante no es solo haber llevado al poder un plan económico privatizador, sino haber logrado que una parte de la sociedad internalice la narrativa de que Argentina es un país inviable por culpa de su pueblo. Romper con el "Método Yakarta" implica, hoy más que nunca, defender la dignidad de la historia y de la idiosincrasia popular.

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