Amor, desamor, deuda y toxicidad: crónica de una relación de 70 años entre la Argentina y el FMI

Por Javier Adorno

Hay vinculos afectivos que se definen por la codependencia: no pueden estar juntas porque se destruyen, pero tampoco saben vivir separadas. La historia entre la República Argentina y el Fondo Monetario Internacional (FMI) es el manual perfecto de esa relación tóxica. Tiene todos los ingredientes: despecho inicial, control obsesivo, rupturas dramáticas con promesas de "nunca más", recaídas de madrugada y una convivencia forzada donde ambas partes se necesitan para no colapsar.



A propósito de la visita oficial de la titular del organismo, Kristalina Georgieva, a Buenos Aires para auditar el rumbo económico y negociar el esquema financiero del gobierno de Javier Milei, vale la pena repasar la cronología de este romance tortuoso que ya suma siete décadas.

El despecho y la primera cita 

Como en las peores historias de despecho, el vínculo nació tras una ruptura traumática. Durante el peronismo, la Argentina se mantuvo al margen de los acuerdos de Bretton Woods bajo la premisa de la soberanía económica. Pero en 1955, el golpe de Estado de la Revolución Libertadora derrocó a Juan Domingo Perón, y el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu buscó apoyo externo para reconfigurar el modelo. En septiembre de 1956, la Argentina ingresó formalmente al FMI.

El primer "compromiso formal" llegó en diciembre de 1958, bajo la presidencia de Arturo Frondizi, cuando el ministro Emilio Donato del Carril firmó el primer acuerdo Stand-By por USD 75 millones. Prometieron, (a ver si le parece conocido) frenar la inflación y estabilizar el tipo de cambio. Fue el inicio de la trampa: entre 1958 y 1962 se firmaron cuatro acuerdos consecutivos por un total de USD 375 millones. La dependencia acababa de nacer.

El control obsesivo y el estallido 

Durante los años 70 y 80, la relación se tornó crecientemente controladora. La dictadura cívico-militar de 1976 recibió un respaldo inicial de USD 300 millones, abriendo un ciclo donde la deuda externa total del país saltó de USD 7.800 millones a más de USD 45.000 millones en 1983.

En los noventa, la Convertibilidad llevó la convivencia al paroxismo: la Argentina adoptó el rol de "alumno modelo" del Consenso de Washington. Misiones periódicas del FMI desembarcaban en Buenos Aires para auditar las cuentas, exigir privatizaciones y revisar el gasto.

El colapso llegó con la trampa del "Blindaje" en diciembre de 2000: un paquete de salvataje liderado por el FMI por USD 38.000 millones (con USD 13.700 millones aportados directamente por el organismo) bajo la promesa de "déficit cero". Cuando las metas se volvieron inalcanzables en diciembre de 2001, el Fondo congeló un desembolso clave de USD 1.260 millones. Le soltó la mano a su pareja en pleno abismo, desencadenando la caída del gobierno de Fernando de la Rúa y el default soberano más grande de la historia hasta ese momento.

"No sos vos, soy yo" 

En enero de 2006, el presidente Néstor Kirchner decidió poner fin a la tutela externa. Utilizando reservas del Banco Central, la Argentina saldó en un único pago la totalidad de su deuda pendiente con el FMI por USD 9.810 millones.

Fue el equivalente financiero a liquidar las deudas compartidas y bloquear al ex de todas las redes sociales. Durante doce años (2006–2018), el país intentó vivir soltero del Fondo, rechazando las revisiones anuales  y buscando financiamiento alternativo.

La recaída de madrugada 

Frente a la corrida cambiaria de 2018, la gestión de Mauricio Macri cometió el acto desesperado por excelencia: llamar al ex de madrugada. En junio de ese año, la Argentina solicitó asistencia y terminó suscribiendo el préstamo más grande en la historia del FMI: un programa Stand-By de USD 57.000 millones, del cual se llegaron a desembolsar USD 44.500 millones.

El Fondo aceptó la recaída otorgando un crédito desproporcionado que violaba sus propios manuales de exposición al riesgo, convirtiendo a la Argentina en su principal deudor global. La trampa se cerró de nuevo: el país quedó amarrado a vencimientos impagables y el organismo, a la suerte de su cliente más moroso.

 Terapia de pareja y la etapa Milei

La gestión de Alberto Fernández intentó encarrilar el vínculo mediante un Programa de Facilidades Extendidas por USD 44.000 millones en 2022, un esquema de "calce" para ir pateando los vencimientos del crédito de 2018 a cambio de metas fiscales y de reservas cada tres meses.

Hoy, la historia suma un nuevo capítulo con el gobierno de Javier Milei. En un giro casi surrealista de la metáfora, la Argentina ya no espera que el FMI le exija austeridad sino como un infiel recuperado el propio Ejecutivo nacional presume un ajuste fiscal superior al solicitado por Washington. Eso le valió un nuevo desembolso de USD 20.000 millones y las negociaciones actuales por fondos adicionales (que apuntan a engrosar reservas para el fin del cepo) motivaron la visita  a Buenos Aires de la pareja que viene a ver si todo es cierto, Kristalina Georgieva.

¿Matrimonio para siempre?

En la jerga financiera existen los waivers (dispensas), que no son más que las excusas con las que Argentina pide perdón cuando no cumple las metas de reservas o inflación, y que el FMI acepta a regañadientes para no declarar la ruptura definitiva.

La presencia de la titular del Fondo en el país confirma que no hay divorcio a la vista. Ambos están atrapados en una arquitectura de deuda mutua: la Argentina no puede pagar sin ayuda del organismo, y el FMI no puede permitirse que la Argentina quiebre. Siete décadas después, la relación con el Fondo deja ebtrever que no hay posibilidades de una emancipación definitiva y que si seguimos así estamos condenados a celebrar las bodas de diamante en los pasillos de Washington.


Este texto fue realizado con asistencia de la IA, sobre todo en lo respectivo a los datos

Comentarios