El gobierno sueco dio un volantazo drástico al archivar la digitalización en las aulas tras comprobar una caída en la comprensión lectora. La pantalla no reemplaza al cuerpo ni al libro en la aventura de aprender.
Por Nora Merlin para Página 12
Durante más de una década, Suecia fue la utopía perfecta del progresismo tecnocrático global. El aula del futuro había llegado: las tablets reemplazaron a los manuales desde el jardín de infantes, la escritura a mano mutó en tipeo mecánico y las pantallas se convirtieron en el tamiz de todo conocimiento. Sin embargo, el laboratorio hiperconectado acaba de chocar contra la realidad de los hechos.
Tras registrar caídas históricas en las pruebas internacionales de comprensión lectora, el Ministerio de Educación sueco aplicó una revisión estructural absoluta. La consigna actual es un retorno radical a lo analógico: reequipar las escuelas con libros de texto impresos, la restricción total de pantallas en menores de seis años y la prohibición por ley de los teléfonos celulares durante toda la jornada escolar.
Para entender el núcleo del fracaso pedagógico electrónico, es inevitable volver a las bases de la psicología de la inteligencia y del psicoanálisis: Jean Piaget y Sigmund Freud, respectivamente. Para la epistemología genética de Piaget, el conocimiento no es una descarga pasiva de datos en un disco rígido mental, sino un proceso activo que nace de la interacción física y tangible con el mundo. El conocimiento entra por el cuerpo, nos dice Piaget. Pero no por una máquina biológica procesadora de estímulos, sino por un cuerpo afectado y conmovido por la experiencia.
Hay, sin dudas, una erótica del papel y de la escritura analógica que la pantalla mutila por completo. Mientras la tecnología propone una relación aséptica, fría y puramente utilitaria con el conocimiento, el papel ofrece un lazo sensual, una experiencia donde el tacto, el peso y el rastro material importan. Esta pérdida no es menor: en los inicios del desarrollo, afirma Piaget, la inteligencia es sensorio-motriz. El sujeto necesita coordinar percepciones y movimientos para explorar un mundo que se le impone, una fricción que la superficie lisa del vidrio borra de un plumazo.
Esta dinámica vital se sostiene sobre la dialéctica entre dos procesos: la asimilación —la incorporación del entorno a los esquemas mentales y corporales— y la acomodación, ese momento crucial donde el sujeto se ve obligado a modificar sus propias estructuras porque lo real exige un reajuste, una transformación interna ante la novedad. El aprendizaje es, entonces, el equilibrio inestable de ese cuerpo que tropieza con los estímulos del mundo al que trata de asimilar y acomodarse. Para Piaget, el niño necesita asimilar el mundo, y eso es un acto casi caníbal donde el niño se “come” el objeto con los sentidos para entenderlo. Aprender requiere pasión, y la pasión requiere cuerpo.
La actual mutación tecnoneoliberal opera alterando esa raíz cognitiva y sensible. La lógica de las pantallas y la arquitectura algorítmica de las plataformas digitales proponen una experiencia que tiende a la mortificación del cuerpo o su anestesia. El algoritmo ofrece un espejo que asimila la realidad a la medida de las expectativas del usuario, eliminando la dificultad y el tropiezo constructivo. Al suprimir la fricción material del mundo y ofrecer una gratificación calculada, el entorno digital clausura el esfuerzo que requiere la asimilación sensorial y la acomodación. Sin esa tensión del encuentro con el mundo sensible el aprendizaje se estanca; el sujeto activo de la experiencia cede su lugar a un consumidor pasivo de estímulos capturado en una burbuja de satisfacción inmediata. Sin lazo social y sin cuerpo afectado no hay potencia del pensamiento.
Para el psicoanálisis, la memoria y el pensamiento comienzan necesariamente por la percepción. El aparato psíquico se construye a partir del impacto sensible del mundo sobre el cuerpo; el estímulo perceptual bruto se inscribe en el psiquismo como una huella mnémica, una marca indeleble que luego sufre sucesivas traducciones y retranscripciones hasta devenir en pensamiento formal. Si la experiencia perceptual originaria se empobrece y se reduce al estímulo monótono del vidrio liso, las huellas que se graban son débiles e idénticas entre sí. La pantalla no inscribe marcas vivas y texturadas en la memoria: el pensamiento se empobrece.
En El Yo y el Ello (1923), Freud sostenía que el Yo es ante todo un Yo corporal: la proyección de una superficie erógena que se inscribe a partir del encuentro vivo con el Otro. Las zonas erógenas funcionan como puntos de captura, de intercambio con el Otro y es en ese lazo donde se funda el sujeto. Recién sobre ese cuerpo erotizado puede montarse la aventura del conocimiento y cobrar vida la pulsión epistemológica (o pulsión de saber).
En este punto, ambas tradiciones coinciden. Por un lado, la epistemología genética demuestra que las estructuras lógicas de la inteligencia no brotan de la contemplación pasiva ni de códigos abstractos, sino de la acción concreta y de la fricción material del cuerpo sobre el mundo. El estadio sensorio-motriz es el cimiento de toda cognición: el sujeto conoce interactuando físicamente, coordinando esquemas de acción sensibles y motrices frente a la resistencia material de los objetos. El pensamiento formal posterior no es más que la interiorización de esas acciones corporales previas. Por el otro, el psicoanálisis nos recuerda que la génesis del psiquismo es pulsional, constituido a partir de las huellas del placer, el dolor y el afecto en la carne.
Intentar una educación puramente virtual es la pretensión neoliberal de forzar una cognición sin acción y una subjetivación sin cuerpo, ignorando que el origen de la inteligencia está en el impacto sensible del mundo sobre la carne. Al cruzar estas dos perspectivas teóricas, el diagnóstico adquiere su verdadera densidad: la pantalla aplana el pensamiento y debilita el lazo social.
Frente al avance de esta racionalidad tecnocientífica que pretende reconvertir las instituciones educativas en meras plataformas de consumo individual, la salida no es técnica, sino estrictamente ética y política. La escuela y la universidad públicas deben consolidarse hoy, más que nunca, como espacios de emancipación del algoritmo y de resistencia subjetiva. Si la lógica del dispositivo satura, estandariza y segrega, la respuesta soberana radica en la restitución de la presencia; en hacer lugar a la escucha, al entretiempo y al tropiezo productivo.
Suecia no volvió al papel por nostalgia vintage; volvió para salvar la capacidad de sus futuras generaciones de sostener un pensamiento complejo. El lazo social no se sustituye por una red de conexiones binarias: se funda en la contingencia de los cuerpos que se encuentran, se miran y apuestan por una palabra encarnada capaz de hacer comunidad.
Nora Merlin es psicoanalista. Autora del libro “La educación en la era del algoritmo. Emancipación y sensibilidad en un mundo virtual” (Editorial Continente).
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