«La única verdad es la realidad.»
Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.), filósofo griego.
Por Javier Adorno
A veces la realidad es lo que uno cree, lo que uno siente o lo que le dicen los demás. Sin embargo, la realidad que el gobierno de Javier Milei entiende o ve y la real realidad del resto de los argentinos no tiene casi punto de comparación. Mientras desde los despachos oficiales se celebran el superávit fiscal y el freno de la inflación como triunfos absolutos, en las calles, los comercios y las casas de familia la vivencia es drásticamente opuesta: precios inalcanzables, salarios aplastados y un freno de mano puesto a la economía real.
La ecuación que explica esta distancia entre la narrativa oficial y la billetera del ciudadano es matemáticamente implacable. Desde diciembre de 2023, la inflación acumulada es del 293,27% , eso quiere decir que para comprar cosas por valor de $100.000 de diciembre 2023, hoy necesitás $393.273,51, A pesar de eso el verdadero golpe al bolsillo no vino parejo. Los alimentos básicos sufrieron subas iniciales en los primeros meses del gobierno de Milei ferozmente drásticas, acumulando incrementos promedio de entre 180% y 250% en productos indispensables como el pan, la leche y la carne vacuna.
El kilo de asado,tan querido por nosotros, paso de 5.500 en promedio a un mínimo de 15.000 pesos, es decir por lo menos un 150%. La leche en sachet de $550 a $1.800;el kilo de Pan francés de 1.200 a $3.800, solo por citar los productos más básicos para los argentinos. Ahora si vamos a los servicios públicos nada tiene sentido; el "atraso" del cual se hablaba desde el gobierno de Macri llegó sin anestesias llegó a un incremento promedio del 966% y hasta con locuras, como en Posadas donde un jubilado que gana la mínima debe pagar el doble de eso solamente en agua.
Por eso, el verdadero "efecto tenaza" sobre el poder adquisitivo vino por el lado de los precios regulados. La quita masiva de subsidios y la readecuación tarifaria llevaron a que la canasta de servicios públicos (luz, gas, agua y transporte) se disparara como vimos casi al 1000%. Si a finales de 2023 los servicios esenciales absorbían menos del 6% del ingreso de un hogar promedio, hoy se devoran alrededor del 20%. Para colmo, este fenómeno se da en un contexto donde los salarios —especialmente los del sector informal y público— corrieron muy por detrás de la inflación, obligando a las familias a recortar consumo básico simplemente para mantener los servicios encendidos.
Sin hacer un análisis pormenorizado de la economía, ya que por suerte no soy economista, esta suba de costos fija no llegó sola; vino acompañada de una recesión deliberada para enfriar la plaza financiera.
Además la decisión del Poder Ejecutivo de paralizar la obra pública nacional derivó en el congelamiento de rutas, infraestructura y viviendas en todo el país, impactando de lleno en la construcción y dejando a decenas de miles de trabajadores en la calle.
La pérdida de empleos en la construcción cumplió al fin con la famosa teoría del derrame, pero al revés, porque derramó rápidamente hacia la industria pyme (metalúrgicos, textiles, comercios de cercanía), golpeados en simultáneo por la caída del consumo interno, la baja tasa de inversión y los altos costos operativos. Sin ventas y con máquinas ociosas, el fantasma de las suspensiones y despidos volvió a instalarse en el mapa laboral.
Para la memoria colectiva argentina, este escenario no es totalmente nuevo, sino una suerte de compendio de viejas recetas económicas. Porque si bien la realidad es lo que uno percibe, siempre sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
El "shock" del Menemismo (1989-1991): La estrategia actual recupera el método de la "cirugía mayor sin anestesia": un ajuste fiscal drástico, la retirada del Estado y la apertura, que a comienzos de los noventa logró contener la inflación pero dejó como secuela una destrucción masiva del entramado industrial y desocupación récord.
El fantasma del 2001 (De la Rúa): La política de sostener a toda costa el equilibrio fiscal mediante la parálisis de la obra pública y el recorte del gasto guarda tristes similitudes con la lógica del "Déficit Cero", cuyo resultado fue la sobreasfixia del consumo interno y el colapso social.
Macri (2015-2019): La conexión más directa se da con la gestión de Cambiemos. No se trata solo de similitudes ideológicas en la desregulación o los "tarifazos" de servicios públicos; es una cuestión de nombres propios. Figuras centrales del Gabinete actual —con Luis Caputo al frente de Economía, Federico Sturzenegger en Desregulación y Patricia Bullrich en Seguridad— ya ocuparon roles protagónicos en aquella experiencia (además estos últimos llevan la suerte de ser miembros del gabinete de De la Rúa) aquel entonces, el "sinceramiento tarifario" y el endeudamiento no derivaron en la prometida "lluvia de inversiones", sino en la caída del salario real y un proceso estanflacionario del que el país nunca terminó de salir.
La gran brecha entre el país que el Gobierno muestra en los gráficos macroeconómicos y el país que se camina todos los días está en los costos humanos de la planilla de cálculo. Un superávit alcanzado a costa del ahogo del consumo, el desempleo y el atraso salarial difícilmente pueda sostenerse como un éxito transformador. La gran incógnita que atraviesa a la sociedad argentina es si este enorme sacrificio cotidiano es el cimiento de una recuperación real o si, una vez más se cumplirá esa famosa frase de los libros de autoayuda atribuida falsamente a Einstein que dice "si haces lo mismo no esperes resultados diferentes".
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