
"No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto"
Estos famosos versos finales del poema Buenos Aires que Jorge Luis Borges publicó en su libro El Hacedor de 1964 siempre remiten a la unión de opuestos o hasta de enemigos para, paradójicamente, hacer frente a otro u otros a quienes de otra forma no podrían vencer. Si bien esa no era la intención borgeana que por un lado ama y odia a la ciudad que fue parte de su vida y en ese 1964 y en ese poema, de su futura muerte; puede tomarse la frase famosa ya, y el resto de los 14 versos, como una clara metáfora de lo que sucede en la realidad, no solo de Buenos Aires sino de toda la Argentina; aunque cómo sabemos bien los argentinos Dios atiende allá.
El espanto es de alguna forma una característica constitutiva de la sociedad; seres humanos primitivos unidos para cazar a animales mucho más feroces, veloces, grandes y espantosos que ellos, unidos para turnarse en las espantosas noches para que las fieras no se lleven a los niños; unidos, a pesar de sus diferencias y su falta de lenguaje articulado, por el espanto que les producía el no poder sobrevivir.
Es en esa fuerza primitiva de querer perpetuarse en el tiempo, de vivir, en la que el espanto hace más profunda su raíz. Sobrevivir, no implica solamente seguir con vida sino, sobre todo, con posibilidades de realizar acciones, de hacer cosas.
Hoy vemos en diferentes ámbitos de nuestro país esta aglutinación por el espanto: por un lado unos y por el otro otros, los pro y los anti, los sí y los no, el oficialismo y la oposición. El espanto es la grieta que desde hace varios años atraviesa a la Argentina y que por el temor a caerse (como si fuese el borde del mundo de la Edad Media) hace que sectores diversos, personas que a lo mejor no tienen nada en común se aúnen. Error, tienen una cosa en común: el espanto.
El espanto a parecerse al otro, a ser el otro, a que el otro (ese del que filósofos y otros tantos tanto hablaron y escribieron) se convierta en una fiera salvaje que me saque lo que tengo, por eso nos unimos alrededor del fuego y haciendo rondas queremos evitar que ese otro (ya vuelto un animal para mí) me despoje de lo mío, ocupe mi lugar y se transforme en mí.
Julio Cortázar, en La Casa Tomada, dio uno de los primeros atisbos de esta cuestión. El otro, el desconocido, el que no sé cómo se llama, Ese desea lo que yo tengo y poco a poco ocupa mis espacios, mi lugar, se vuelve como yo.
El debate que involucra estos días cuarentena ( o el nombre que quieran ponerle) y no cuarentena, libertad y dictadura, salud o economía y un montón de otras falsas dicotomías, juega, por no hallar una mejor palabra, con el espanto. El espanto a morir, el espanto a no tener para comer, el espanto de no poder trabajar, el espanto de no poder jugar al tenis (porque cada uno tiene el espanto que quiere) y una larga lista que pone a una parte de la Argentina de un lado y a otros del otro.
En ese espanto se suben quienes hasta hace pocos meses gobernaban el país, a quienes ahora les toca ser oposición, para organizar una nueva marcha que junta temas como la Reforma Judicial, la inseguridad, la extensísima cuarentena (o el nombre que quieran ponerle), la economía en general, la falta de trabajo, la pobreza. Perdón, estos últimos tres no ingresaban en los temas de la marcha. Igualmente, temas tan disímiles aglutinan a personajes disímiles, aunque sin lugar a dudas apunta al núcleo duro del macrismo, el radicalismo arcaico personificado por Brandoni, la ultra derecha de mano dura de Bullrich, los que viven en los countries del Tigre, los "ruralistas" (antes les decían de otra forma), los vecinos de los barrios más acomodados de las ciudades con mejor infraestructura del país. En ese espanto cabalgaron hasta acceder al poder político durante cuatro años, pero, como sucede cuando uno se espanta, no dura mucho.
El espanto, a no engañarse, también es azuzado desde el otro lado de la hoguera, desde el oficialismo al que le toca gobernar en la peor situación posible para cualquier gobierno democrático en la historia reciente del país. Un oficialismo también nacido del espanto, ese de qué quienes marcharán el lunes pidiendo desde el fin de la cuarentena hasta que no se coloquen antenas 5 G o no se vacune más a la gente, sigan gobernando.
Borges, en ese soneto nos contaba qué era Buenos Aires para él, me parece que transformándose en un aúgur (como buen ciego que era) nos trazó lo que sería para todos nosotros "Y la ciudad, ahora, es como un plano de mis humillaciones y fracasos".
Javier Adorno
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