Rebelión en la chacra

 "Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros"

George Orwel, La rebelión en la granja, 1945


Por Javier Adorno

Orwell es un autor muy citado en estos tiempos de super vigilancia: Es que a este aparente futuro distópico que imaginaba en 1984 se suma siempre como metáfora La rebelión en la granja. A simple vista parece una fábula infantil sobre animales que echan a los humanos y toman el control de una granja, pero en realidad es una crítica feroz al régimen soviético de Stalin y a cómo las revoluciones pueden corromperse cuando el poder absoluto cae en las manos equivocadas. Los animales de la "Granja Manor", maltratados por el granjero el Sr. Jones, se rebelan bajo la inspiración de las ideas de un viejo cerdo llamado Mayor. Logran expulsar al humano, cambian el nombre del lugar a "Granja de los Animales" y crean una sociedad basada en el Animalismo, cuyo principio fundamental es: "Todos los animales son iguales". A lo largo de la historia, vemos cómo los cerdos empiezan a disfrutar de privilegios (dormir en camas, beber alcohol, usar dinero) que originalmente estaban prohibidos. Para justificarlo, van modificando en secreto los "Siete Mandamientos" que habían escrito en la pared.


 El  error de la cultura política local suele ser leer esta obra como un cuento de hadas con moraleja lejana o, peor aún, como una simple chicana para tirarle por la cabeza al rival de turno. Nos encanta ver al cerdo "Napoleón" en la vereda de enfrente. Lo que cuesta digerir es que la obra no habla de una facción ajena; sino de las estructuras de poder. En Misiones, esa anatomía cobra una vigencia impresionante, especialmente tras la reciente irrupción de la ola libertaria.

El ecosistema político misionero funciona desde hace dos décadas bajo la lógica de una revolución institucionalizada. El oficialismo provincial nació como una ruptura frente a los partidos tradicionales de los 90, levantando los mandamientos de la autonomía local y la defensa de la Tierra Colorada frente al centralismo porteño. Durante años, el gran ordenador social y el disciplinador de las bases fue el fantasma del granjero Jones, encarnado en un "Buenos Aires" que supuestamente no entendía la realidad de la Tierra Colorada. Cada vez que surgía una crítica interna o un reclamo por la falta de alternancia en las intendencias, el aparato de propaganda  activaba el dispositivo: “¿Acaso quieren que vuelva Jones? ¿Acaso quieren volver a depender de la Capital?”. El miedo al pasado justificó la concentración absoluta.

Sin embargo, la llegada del mileísmo al escenario nacional y su fuerte penetración en la provincia alteraron por completo el guion de la chacra misionerista. Es que en la provincia, donde el voto joven y el descontento de las bases calaron hondo, la ola libertaria actuó inicialmente como un elemento disruptivo, con un discurso de libertad y demolición de los privilegios de la "casta" local.



La respuesta de la estructura misionera ante este fenómeno no fue el enfrentamiento ciego, sino una maniobra de asimilación y supervivencia. Al leer que la corriente libertaria era en apariencia incontrolable, la cúpula provincial decidió reconfigurar las reglas de juego. El discurso del "misionerismo puro" y la distancia con el poder central se licuó en cuestión de meses en pos de la gobernabilidad.

Esta pirueta política ha generado una disonancia cognitiva feroz en los militantes de a pie, empleados públicos y trabajadores municipales que sostienen el aparato con el cuerpo y que durante años marcharon bajo las banderas de un Estado protector y local. Hoy la pared de los mandamientos en Misiones se está reescribiendo en vivo. El axioma de "Defender lo nuestro contra el ajuste de Buenos Aires" mutó sutilmente a "Garantizar la gobernabilidad nacional para cuidar a los misioneros". Al afiliado se le pide una flexibilidad extrema: debe asimilar que la conducción provincial colabore activamente con un gobierno nacional que promueve la desregulación y el achicamiento estatal, banderas que antes se combatían. La crítica interna se disciplina bajo una nueva premisa, cuestionar el giro es poner en riesgo los recursos provinciales.

El cruce entre el esquema de poder misionero y el fenómeno de Milei nos lleva directo a la célebre escena final de Orwell. El ciudadano común y el militante honesto hoy miran a través de la ventana de la Legislatura o de los despachos oficiales y asisten a una mezcla confusa. Por un lado, en los municipios, los intendentes que buscan la reelección constante a través de la Ley de Lemas intentan mantener el control territorial disciplinando a las bases con los viejos métodos. Por el otro, en las alturas, la cúpula provincial y los nuevos referentes libertarios comparten mesas de negociación, acuerdan votos en el Congreso y se reparten espacios de poder real. El discurso anticasta se diluye en la rosca tradicional, y la mística del misionerismo rebelde se transforma en un pacto de convivencia burocrática.

Al final del día, los rostros de quienes prometían la rebeldía local y los de quienes venían a dinamitar el sistema empiezan a parecerse demasiado. El desafío para el militante y el simpatizante misionero es el mismo que el de los animales de la granja, dejar de mirar las banderas que agitan desde los palcos y empezar a leer, con ojo crítico, lo que verdaderamente están escribiendo en las paredes del poder.

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